Los días se suceden con la misma rutina. Vamos variando de restaurante para comer o cenar, y yo probando con diferentes películas y objetivos, primero siempre con el flash en TTL y luego atreviéndome a ir a ratos en manual.
Al segundo día, al inicio de la inmersión, trato de enfocar algún pez, miro por el visor y lo veo todo negro. Miro bien y compruebo que no me he dejado tapado el ocular. ¿Entonces? Miro por delante, a través de la cúpula y no creo lo que veo. ¡Me he dejado el cubreobjetivos puesto! Se lo enseño a Salomé y por poco se ahoga de la risa. ¿Sabéis la sensación que se tiene cuando todo el mundo te quiere enseñar cosas para que les tomes una foto precisamente el día en que algo no funciona. Pues entonces, podéis haceros una idea de esta inmersión. Hasta nos sacó el reportaje precisamente esa inmersión la fotógrafa de la zona.
Los cuatro
Por las tardes, la inmersión la hacemos cada día antes, intentando que no se nos haga de noche como sucedió los primeros días, pero las vamos alargando y salimos casi a la misma hora. Vamos siempre dos, ya que uno prefiere alargar el descanso. La salida es por unas escaleras de piedra que se adentran en el agua hacia el sur, desde el inicio del muelle.
No vamos a la capital, San Miguel, hasta el último día de buceo, cuando alquilamos un Wrangler para ir el día siguiente de excursión por toda la isla. Como mucho echamos un vistazo a las tiendas de recuerdos, camisetas, hamacas y demás de los alrededores.
El Wrangler que alquilamos
El último día, un compañero alquila una cámara a César Medina, el reportero de video. Se acaba el carrete en la primera inmersión. Él sí que tendría peligro con una cámara en las manos. Yo sólo consigo acabarme los carretes en la inmersión de la tarde, con más calma y gracias a la paciencia de mi compañera-ojeadora.
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