Veintisiete de noviembre

Al día siguiente, aún con la legaña en el lacrimal y tras un fugaz desayuno en la barra, acarreamos los bártulos hasta el centro, que, a pesar de estar tan sólo a unos metros, no está accesible fácilmente. Unas escaleras de bajada dificultan el acceso, cargados de bultos, desde la piscina del hotel hasta el muelle. El centro se llama Del Mar Aquatics y tiene al menos instalaciones en los muelles de dos hoteles: el nuestro y otro algo más al Sur.

En el centro, se puede alquilar algo de equipo, si es menester, incluyendo un gratuito cinturón de plomos. También dispone de unas taquillas donde poder dejar el equipo por la noche, si vas provisto de un candado. El programa contratado consta de una salida matinal con dos inmersiones desde barco e inmersiones libres desde costa el resto del día. Teniendo en cuenta lo pronto que anochece (antes de las cinco), y a no ser que seas un auténtico fanático de las nocturnas, eso se restringe a una inmersión más por la tarde, más alguna nocturna, que nosotros no hicimos.

El centro de buceo
El centro de buceo

Para la primera inmersión, siguiendo la recomendación universal, bajamos por parejas, mis compañeros, la novia y yo. Quizá temerosa de las profundidades, tiraba hacia arriba como condenada, quizá para buscar la cámara que había quedado en cubierta, quizá porque Arquímedes, después de todo, algo de razón llevaba. Lo cuestiono más que nada porque la inmersión fue en el sitio estrella de la isla: Colombia Reef, un punto lleno de colorido y vida a raudales. Y para empezar con fuerza, la inmersión más profunda, que no se diga. De tirón a treinta y metiéndonos por túneles con los ordenadores pitando como locos y yo peleándome con la novia que insistía en dar por abortada la inmersión.

Para que no se me trate de desconsiderado, y por si alguno ha leído el relato entrelíneas, aclararé que, al referirme a la novia, estoy haciendo mención a la carcasa de la cámara submarina, que debido a la atención que me requería, recibió el jocoso apelativo de un compañero.

El muelle de los cruceros
El muelle de los cruceros

Tras las dos inmersiones matinales y la opípara comida, la jornada seguía con un breve reposo y una última inmersión desde el muelle. Llegados al centro y pertrechados de botella self-service, entrábamos al agua saltando desde el muelle, desde el que los amables vigilantes nos alargaban, ante mi ceño fruncido, la preciada cámara. Las inmersiones desde costa no son tan coloridas y espectaculares como las de barco, pero ofrecen una variedad de fauna, si bien de menor tamaño, que en nada envidia a las otras.

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