Veinticinco de noviembre

¡Ay, Méjico lindo! ¡Qué bella se ve, tan frondosa, desde el aire, tu selva impenetrable! ¡Ya apetece bajar del avión tras tan largo vuelo: más de diez horas hace ya que despegamos de Madrid y aún no llegamos a Cancún!

Nos esperan cinco intensos días de buceo y yo estreno afición: la fotografía submarina. Ya desde el inicio, se muestra una actividad emocionante: en el aeropuerto nos llaman por megafonía para abrir el equipaje: primero a una, luego a otro, por fin al culpable: ¡a mí! ¿qué hice? ¿Qué es eso que llevas ahí, una bomba? ¿Estás loco: no sabes lo frenéticos que están en los aeropuertos después del 11 de septiembre? ¡Pero si es sólo un flash! ¿Eso, tan enorme? Sí ¿Lo puedes abrir? Claro... Bueno, el flash era prestado (no se te ocurra decirlo o no viajas, claro que tampoco preguntaron). Manías de dejarlo todo para el final y, con las prisas, aún no me había llegado el mío, y el bueno de Barco me prestó el suyo, nada menos que un Alpha Pro.

No sólo eso, para facturar el equipaje hasta Cozumel, nos cargan un extra por exceso de bultos. ¡Pero si no llevamos ni dos cada uno! Nada, aquí se paga la mordida. Esto es Méjico, a ver si te vas enterando... Bueno, ya pagamos, ya pagamos. ¿Pero te pensaste que era la última del día? ¡A ver si te enteras de una vez! Si pides un taxi al hotel, aunque sea en la taquilla de taxis del aeropuerto, el taxista no dará por bueno el ticket, te hará volver a por uno más caro, te meterá en su carro con unos cuantos pasajeros más e irá haciendo el reparto como mejor le parezca. A eso en mi tierra lo llaman autobús. Pero esto no es tu tierra, ¿o qué te has creído? Los españoles siempre tan arrogantes, siempre creéís que venís como conquistadores. No te lo dicen pero a veces lo sientes. Aunque a menudo sientes también, a la vez, el aprecio a la Madre patria, curiosa mezcla de sentimientos.

El patio del hotel Casa del Mar
El patio del hotel Casa del Mar

¡Ah, pero no todo es así! El cielo es claro y el color del mar embruja. El hotel, el Casa del Mar, tiene un restaurante bajo un techado de pajizo y junto a él, la refrescante piscina. Y la barra es de madera, en forma de barca, y los camareros tan simpáticos: ¿Y los moscos, ya les picaron? Los menús son variados, llenos de zumos y ensaladas de fruta. Y ese cóctel de bienvenida. El resto no está mal. El patio central al que dan las habitaciones refresca el ambiente, y todo está rodeado de jardines, de un verdor exuberante. Cerca, hay tiendas de artesanía, y otros restaurantes llenos de gringos, pero con la chimichanga tan rebuena.

Jalamos los trastos sobre el suelo irregular de losetas, mientras pienso, atribulado en ¡mi cámara! Con razón acabaron mis sufridos compañeros por llegar a la inevitable conclusión de que en realidad éramos cuatro, y yo ya tenía bastante con atender a la polizonte que había escamoteado, entre gomaespuma, en la maleta: a partir de entonces, la "novia".

Los jardines del hotel Casa del Mar
Los jardines del hotel Casa del Mar

El cachondeito no dejaba de estar justificado: tantas atenciones, si no, no se explican...: enjuágala, sécala, desmóntala, límpiala, engrásala, vuélvela a montar, cúbrela, que no se constipe...

En la recepción del hotel nos informan de que el Centro de Buceo está cruzando la carretera, por el puente que llega al muelle desde el hotel, pero está ya cerrado, si bien podemos ir el día siguiente, a primera hora, a apuntarnos directamente: madrugón.

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