Tras levantarnos a las 7:15 y un desayuno rápido a base de pomelo, pan con mantequilla y mermelada y café, té o cacao con leche, vimos marcharse a algunos del grupo que iban a hacer el snorkel por la mañana. El resto pasamos la mañana en la playa, paseando, leyendo y tomando el sol. En mi caso dedico también un buen rato a preparar la cámara con el angular, sin flash.
A mediodía comimos con los demás, y nos contaron que habían estado viendo las ballenas toda la mañana, por lo que nuestras expectativas aumentaron. Nos llevaron a los 5 que faltábamos al puerto en el todoterreno y allí nos vestimos para embarcar.
Antes de zarpar, el guía nos explicó el procedimiento en caso de localizar las ballenas. Las barcas tenían unos 8 metros de eslora. No tenían bancos pero sí cofres para guardar equipo seco. Las cámaras iban sueltas, en el suelo. Nada más salir del puerto vimos la barca de los cámaras, que salían siempre una media hora antes que nosotros, junto a unas ballenas. Nos acercamos y el guía se tiró al agua para localizarlas. Cuando lo hubo hecho nos hizo un gesto y nos tiramos al agua, con cuidado para no espantarlas. Tras recibir la cámara de manos del piloto, aleteamos mirando ávidamente hacia abajo hasta localizarlas. Ahí estaban.
La pareja en reposo
Nos colocamos más o menos en posición, en la parte de la cola y un poco a un lado, aunque esto no es fácil cuando hay no una sino dos ballenas y las corrientes y el viento te van desplazando. Así estuvimos un rato, en superficie, sin sumergirnos, tal como nos habían explicado, hasta que una de ellas, el macho, hizo un gesto con la aleta caudal y ambas iniciaron el ascenso. En ese momento, intentamos sumergirnos para acercarnos lo más posible a ellas y tomarlas desde abajo si era posible.
En el centro no proporcionaban plomos y evidentemente nosotros tampoco habíamos llevado, por lo que era complicado sumergirse, sobre todo a los que llevábamos trajes más gruesos y flotones.
Estas ballenas, las ballenas jorobadas o yubartas (Megaptera novaeangliae) son unos animales enormes, pero se mueven con increíble agilidad bajo el agua. Plenamente conscientes de nuestra presencia, nos eludían con gran facilidad, cambiando de dirección para no dañarnos y alejarse de nuestra quizá molesta presencia. Su ascenso era fulgurante y permanecían sólo unos segundos en superficie: el tiempo justo para respirar una o dos veces y volver a sumergirse otros quince o veinte minutos. La operación se repetía constantemente: intentar adivinar su posición, o esperar a que emergieran de nuevo, localizarlas, tirarse al agua, esperar su ascenso y sumergirse para tomar unas fotos. En las tres horas las vimos subir unas nueve veces. La última me salieron casi debajo y me tuve que apartar porque veía que me sacaban del agua.
En ascenso
Las barcas se movían bastante con las olas, y los menos marineros precisábamos de medicación para no alimentar la fauna local, al menos los primeros días.
Las ballenas estaban casi siempre por parejas, la hembra más al fondo y el macho arriba, a menudo en poses curiosas, como cabeza abajo. Cuando llegaba el momento de ascender, arqueba la cola y la hembra respondía al instante iniciando el ascenso, que realizaban conjuntamente. Mientras ascendían, sus ojos denotaban que eran sabedoras de nuestra compañia, y era notable la delicadeza con que evitaban nuestra cercanía, yo creo que primero para no dañarnos y, luego, para establecer una distancia mínima.
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