El tiempo seguía mal. Las previsiones de problemas, que habían resultado ser ciertas, ya que el motor del barco había estado un tiempo estropeado y las reparaciones acababan de concluir poco antes de nuestra llegada, se tornaron en agoreras previsiones meteorológicas. El capitán insistía en decirnos que esta última semana, pasada únicamente en Rangiroa por problemas de motor había sido una de las mejores que recordaba, pero a nosotros nos sonaba a premio de consolación.

La tortuga
Pronto caímos en la rutina del buceo. Habíamos elegido el patrón de cuatro inmersiones: 7, 10, 13 y 15:30 horas, en una secuencia de desayuno a las 6, buceo a la 7, posterior snack, buceo de nuevo a las 10, comida, tercer buceo a las 13 horas, otro snack, y cuarto y último buceo del día a las 15:30, con cena a las 18 horas.
El buceo era muy cómodo: las botellas ya estaban cargadas en el esquife, y allí medíamos la mezcla los que llevábamos Nitrox, habitualmente en torno a Ean30, para permitirnos bajar a los treinta y tantos. En este bote había también espacio de sobra para dejar aletas, gafas, plomos, etc. Tras vestirnos y escuchar el briefing, del que me tocó casi siempre el papel de traductor (pobre de mí), señalábamos las cámaras que debían subir a bordo del bote, subíamos a él por un par de escalones, nos preparábamos mientras era depositado en el agua y se desplazaba al punto de inmersión y allí nos tirábamos al agua, agarrándonos a unos cabos en las bordas del bote, donde esperábamos a que nos pasaran la cámara antes de sumergirnos rápidamente para evitar ser arrastrados por la corriente.

Pináculo
La subida era similar. Tras intentar situarse en una zona de poco oleaje, el bote se ponía a barlovento y se echaba encima de los buceadores, que, con la ayuda del cabo en la borda y después de pasar la cámara a alguien a bordo, se llegaban a las escaleras que el bote tenía en su mitad tanto en babor como en estribor y, tras desprenderse de las aletas, subín a bordo. Arriba había una toalla y una botella de agua para cada uno. Bastaba después con quitar la primera etapa del regulador de la botella como indicación de que la estaba vacía y descansar plácidamente hasta que es esquife llegaba al barco y era izado de nuevo sobre una plataforma hasta la cubierta.
Para evitar que nos agotáramos intentando alcanzar el bote, que era empujado por el viento, la consigna preferida de los divemasters, que repetían hasta la saciedad, era: "Don't chase the boat!" (¡No persigáis al bote!). Aquello acabó degenerando en innumerables bromas, sustituyendo bote por cualquier cosa: delfín, tiburón...
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