A la llegada al aeropuerto de Papeete, la capital de Tahití, unas tahitianas nos reciben repartiendo flores. No son guirnaldas, pero se agradece el detalle. Adentro, Tahiti Nui Travel nos espera, esta vez con collares de conchas. Nos guían hasta el autobús, se encargan allí de las maletas y nos llevan al hotel: el Beachcomber, donde nos espera un cóctel de bienvenida y nos son asignadas las habitaciones. A pesar de la hora y ávidos de actividades, quedamos a la mañana siguiente a primera hora para contratar algún tour por la isla, antes de retirarnos a las habitaciones para un merecido descanso. La mayoría sólo habíamos dormido algún rato suelto en los vuelos más largos, principalmente en el de Los Ángeles-Papeete. A una de las parejas del grupo no le había llegado la maleta de la ropa a Los Ángeles, por lo que pedimos que intentaran realizar las gestiones para recuperarla lo antes posible, cosa que desgraciadamente no habría de cumplirse antes del regreso.
El hotel
Por la mañana, vamos a desayunar al hotel (¡qué precios!) y nos presentamos para contratar algún viaje, decantándonos finalmente por una vuelta a la isla y dejando apalabrado un vuelo en helicóptero para la mañana siguiente, antes del vuelo a Rurutu, en las Australes del Sur, donde íbamos a ver ballenas jorobadas.
La vuelta a la isla la hacemos por la mañana, visitando unos jardines junto a las Grutas Mara'a donde nos cuentan que todos los árboles de la isla, de los que tiene una buena cuenta, son importados, ya fuese en la primera oleada maorí (plataneras, cocoteros, árbol del pan, hibisco salvaje...), o posteriormente por los colonizadores europeos (papayas, piña, gengibre...). También nos cuentan que los primeros colonizadores provenían de Asia, no de América, cosa que se había probado recientemente con análisis genéticos, por si el origen de las especies de plantas más antiguas presentes en las islas no fuese ya suficientemente aclaratorio. Vemos allí una especie de aves en grave peligro de extinción: el ave del Paraíso, una de las más bellas aves que adornan los cielos tropicales.
Otra visita es a lugares de reunión y culto de los animistas polinesios, con los tótems o tikis de madera o piedra.
Tiki
Visitamos también el museo Gauguin, que cuenta con múltiples objetos de Gauguin y ninguno de sus cuadros, careciendo de interés. Tras la vuelta a la isla, nos quedamos en Papeete para comer, en mi caso Pescado crudo a la tahitiana (macerado en limón y con leche de coco), que es el plato típico de las islas. Damos un paseo por el mercado, viendo las flores, frutas, pescados, pareos y telas, artesanía y demás productos más o menos turísticos que exhibe, probando los ricos rollos y pan de maíz que venden en el mismo mercado y haciendo tiempo para el espectáculo Heiva de danzas populares que se realizaría más tarde. El presidente francés había visitado recientemente las islas, lo que había provocado que se retrasaran algo las fiestas anuales, dándonos la oportunidad de asistir a la última representación de danzas y cantos tribales.
Es un gran contraste ver la actuación de un grupo como el de Rapa Iti, con sus vestidos vegetales y sus actuaciones casi espontáneas, frente a la representación para turistas rememorando nada menos que la llegada del capitán Bligh a las islas, a la que pudimos asistir en el hotel. Las danzarinas, con música melódica, sus vestidos de flores y sus ágiles movimientos de caderas, frente a los rudimentarios pero veraces pasos de los y las danzarines de Rapa.
Es destacable también la presencia aquí y allá de lo que allí se conoce como hombre-mujer, una especie de tercer sexo intermedio, reconocido y aparentemente plenamente aceptado en su cultura.
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